PUBLICACION MENSUAL - 1 de NOVIEMBRE 2005 - NUMERO 2




ENTREVISTA

DOÑA CANDELARIA CORONADO DE ALONSO

Por: Mercedes Aquino.

Llegamos a su casa cuando el sol todavía calentaba. Ella nos recibió en el patio. Un patio lleno de hermosas plantas, donde pudimos disfrutar del fresco de la tarde y la conversación. Doña Candelaria Coronado de Alonso o Doña Cande estaba sentada en unos escalones, bordando un mantel. Valerio fue por unas sillas a la cocina y así comenzó esta entrevista: Tengo cuarenta años en Real, donde llegué a vivir con mi esposo. Nací en las Adjuntas, en el año de 1920. Allí viví de niña, y también en La Paz. Tuve dos hermanas, doña Carlitos y Petrita, que ya murieron. Mis hijos son ocho, dos hombres y seis mujeres. ¿Cómo ve? (risas). Nietos mejor ni le digo, se va a asustar: son ciento ocho, incluyendo biznietos y tataranietos. Hace como tres años que los contaron. Quien sabe que cosecha se haya levantado desde entonces. Son muchísimos, y por mi culpa, fíjese. (Más risas). Cuando yo me crié no había escuela en Adjuntas, así que mi mamá pagó un profesor para que nos enseñara, pero yo no aprendí, no mas Carlitos. Desde los tres años cargaba botes de agua y los llevaba de Matanzas a Adjuntas. A los seis años ayudaba a moler ajeno. A los 16 me casé con Federico Alonso, el padre de mis hijos, con quien viví muchos años. Eso si, al principio no, yo no quería y aunque nos casamos un meritito día cuatro de octubre en la Iglesia de aquí, no quise vivir con él hasta pasados tres años. Nos conocíamos desde niños. Ese día, había otros que también se casaban y ahí mismo una mujer, que estaba esperando, dio a luz a unos gemelos. El señor apenas alcanzó a envolverla en una cobija. Me casé porque mi papá, que estaba muy grave me dijo “Te voy a dar a ese hombre, que te pide de corazón”. Pero ese viejo parece ermitaño, le dije. “No hijita, te va a cuidar” y así fue como acepté, aunque esperé tres años antes de irme a vivir con él. Vivíamos del campo y teníamos chivas, cochinos, gallinas y muchos animalitos. Había que cargar agua, a veces en burro y a veces en el hombro. Me cargaba un hijo en la espalda y una olla en la cabeza, los hombres andaban sembrando y barbechando. Vivimos en Santa Catarina y luego nos vivimos para acá al barrio de El Venadito. Poco a poco fuimos arreglando esta casa de aquí. Antes habías muchos nopales. Este pino (señala) yo lo sembré. Me gustan las plantas por que alegran la casa. Mi abuelita fue partera empírica y ella me enseñó, a eso me dediqué toda mi vida, aunque ahora ya no. Empecé a los trece años a aprender sus enseñanzas. Ella no se casó. Se llamaba Severiana Aguilar. Ayudé en muchos nacimientos, no se cuantos pero seguro son más de cuatrocientos. Les daba a las parturientas la toma de mejorana, tomillo y manzanilla o comino con canela que es muy bueno para que den más fuertes los dolores. Hacía limpias, curaba el mal de ojo, a los caídos de la mollera. Miraba las mujeres, entregaba al niño hasta que caiba el ombligo, hacía limpias de espantos. Pero ya no, ya para que ando engañando a la gente (otras risas). ¡Doña Carlitos sí sabía, pero nunca me quiso enseñar! También me gusta hacer bordados, mire, ahorita estoy haciendo uno que me encargaron. Antes estaba en el Grupo de la Tercera Edad, pero ya no. Vivo sola porque me gusta, me gusta comer a la hora que quiero y cuando tengo como y cuando no me aprieto la faja. Vivo de rentar cuartos. Mi hijo Armando es el que se entiende de mí. Aquí en el pueblo participé en esas películas que vinieron a filmar, fueron como tres pero ya no me acuerdo cuando. De niña me gustaba cantar y decir dichos.
Y en ese momento, Doña Cande nos cantó con una hermosa voz un fragmento de las Mañanitas de Catorce. Nos despedimos y muy amablemente nos acompañó a la puerta. Ya en la calle, se puso a cantar otra vez y así fue como nos despedimos de esta singular persona que forma parte de la vida e historia de Real de Catorce. El dulce sonido de su canto nos fue acompañando en nuestro camino.