PUBLICACION MENSUAL - 1 de NOVIEMBRE 2005 - NUMERO 2




EL CHARRITO Y LOS DOS PENDENCIEROS

Por: Diego Sánchez García

Real de Catorce, en sus tiempos de bonanza, llegó a albergar a no pocos miles de habitantes. Principalmente estaba dividido en cuatro cuarteles, pero también se conocía por barrios, como el de “Charquillas”, el del “Venadito”, “La Hediondilla”, “Tierra Blanca”, el de “Las Tuzas”, y así sucesivamente. También existía el barrio del “Camposanto” y en este como cualquier otro, había sus pulquerías, porque el pulque en ese entonces era la bebida modesta por excelencia, para los que gustaban rendirle culto al dios Baco. En este barrio, habitaban “Valentín y Valente”, mineros de aquella época, que como todos los de su clase, gustaban los sábados despilfarrar el producto de su sagrado trabajo, aunque el lunes siguiente tuvieran que ir a la casa de empeño, a depositar así fuera el reboso de su querida costilla, por unos cuantos centavos, para proveerse siquiera de un cuarterón de maíz, para pasar la semana. Uno de tantos sábados, se reunieron en una de las pulquerías del barrio, nuestros amigos, Valentín y Valente, para dar rienda suelta a su adoración al dios de los borrachos. Cabe aclarar que nuestros amigos se ufanaban y se la recargaban de ser los mejores mineros, y por añadidura tenían el defecto de ser buscapleitos y pendencieros. Pues bien, empezaron a libar como grandes camaradas, y en el transcurso de su francachela, se hicieron grandes elogios; asimismo ante los oídos de los parroquianos, de ser los más diestros y hábiles trabajadores, y por lo tanto los más pudientes en numerario, y para corroborar esto último, ordenaban tandas completas de pulque para todos los asistentes, quienes de buena fe o por interés, se desvivían en adulaciones a la conversación de nuestros amigos. Tocó la mala suerte que Valentín y Valente, en su parranda, hicieron uso de las tres fases de la embriaguez. Principiaron a tomar, tratándose como los más grandes, leales e inseparables amigos. Cuando ya se encontraban a medios chiles, hicieron uso de la segunda fase, tratándose como los más sinceros hermanos; pero cuando ya se encontraban embrutecidos por la gran cantidad de pulque ingerido, y casi sin centavos, y sin la compañía de sus aduladores, porque ya no tenían para gorrearles el bebedizo, hicieron uso de la tercera fase de la idiotez, o sea la de tratarse como padres, pero aquí surgió el “Pero”. Ninguno de los dos quería ser hijo del otro, y aquí la desavenencia, porque cada uno por su cuenta sostenía en ser el padre del otro. La discusión fue acalorándose y subiendo de tono, hasta que mutuamente se recordaron el diez de mayo, por lo que decidieron salirse del antro pulquero, para dirimir sus desavenencias en un duelo o riña. Ya en despoblado empezó la feroz pelea, pero como a puño limpio ninguno cedía, optaron por sacar a relucir filosos y descomunales puñales. Se tiraban mortales y decisivas puñaladas, pero quizá por lo diestro en el esquivamiento de los golpes, o quizá por el alto grado de embriaguez en que se encontraban, ninguno lograba su objetivo. Cuando más enfrascados andaban en la riña, aparece de improviso un tercer hombre, quien interponiéndose entre los dos contendientes, los conminó a suspender la pelea. Que lejos estaban de detenerlo, pero entonces suspendieron la pelea entre sí, y ambos se avalanzaron puñal en la mano, en contra de él quien para ellos era impostor, tirándole de cuchilladas, por lo que éste, desatándose de la cintura una especie de cuerda, les ha dado una cuartiza a nuestros amigos, que los dejó tirados en el suelo, de manera inconsciente. Sea en parte por la azotaina recibida, y en parte por el embrutecimiento del pulque, Valentín y Valente despertáronse hasta que clareó el día. Uno al otro se preguntaba qué les había pasado, y haciendo recuerdos de su mal lograda borrachera, llegaron a la conclusión de que habían reñido, pero que una tercera persona los había azotado para separarlos. No podían recordar quién había sido su benefactor, pero uno a otro se dijo que le había parecido reconocer a San Francisco de Asís y que probablemente lo habían herido. Acordaron dirigirse a la Capilla donde se encontraba la imagen, y cual no sería su sorpresa, que el hábito del santo presentaba las rasgaduras producidas por las cuchilladas que ambos le tiraron. Ahí se les cortó la tremenda cruda, jurando ante la imagen no volver a reñir, ni a paladear el producto del maguey, promesa que cumplieron, viviendo el resto de sus días en sana paz, como hombres trabajadores y cumplidos con sus familias.

 

 

 

Don Diego Sánchez García.