Nº14
publicación mensual
febrero 2007
primera plana - editorial - actualidad - entrevista - dentro del baúl - el rincón del poeta - mitos y leyendas - fotografía - correo

DENTRO DEL BAÚL

RESCATE EN EL SOCAVÓN DE LA PURÍSIMA (aprox. 1870)

(Fragmento de la publicación "Ligeros apuntes de la vida mercantil y minera de Vicente Irízar en la República Mejicana")

Mis contactos con los mineros durante tantos años me habían familiarizado con el negocio, y hasta había hecho que entendiese algo de él. Bajaba frecuentemente a la mina de San Agustín, de donde pensaba que podía venir la única salvación posible, pero los metales que de ella se extraían se iban agotando a los rumbos del poniente y del cielo. Por ello, de acuerdo con el minero Don Juan Andorregui, puse un destajo al oriente, al nivel del tiro general, en el cañón de San José, a pesar de que era sabido y notorio que por ese rumbo la mina no hacía virtud. Había que jugársela.
Afortunadamente, cuando llevábamos avanzados unos setenta metros y las esperanzas iban agotándose al mismo tiempo que nuestra economía, se produjo un cambio repentino. Se alcanzaron frutos de 12 kgs. por tonelada en una cinta terrosa de sesenta centímetros, con lo que esta bonanza empezó a ser rentable y pudimos liquidar las deudas pendientes y hasta enviar fondos a Don Santos, con los que adquirió las fincas de Morón. Se acometieron obras de investigación, y con ellas pudimos alcanzar pronto una segunda bonanza, a la que llamamos la de la "Vaca". El éxito nos alentó a acometer el gran socavón de la Purísima, proyecto que hizo el ingeniero López Monroy y que me tocó ejecutar a mí. Se trataba de un túnel que partiendo del barranco del voladero debía llegar hasta el tiro general de San Agustín para permitir el desagüe general de la mina hasta los 400 mts. de profundidad.
Su construcción estaba llena de dificultades. Llegados a un punto, faltaba un pozo cielo, es decir, un conducto vertical o casi vertical ascendente para comunicarlo con el tiro de San Antonio. Ofrecí a los operarios 300 pesos de gratificación si avanzaban cinco metros a la semana. Pero al cabo de dos, sólo habíamos recorrido cuatro y medio. Llevaríamos pues en total unos once metros, cuando ordené que siguieran los trabajos. Pero no me hacían caso porque se corrió la voz de que los cálculos estaban mal hechos y que por eso los barreneros polvoreaban sin indicio de agua por ninguna parte. El viernes de la tercera semana las bromas eran generales. Todos al saludarme se chanceaban y decían a modo de santo y seña: "El frente del ataque, seco". Al rectificar la medida con el ingeniero Don Ignacio Cornejo dándonos cuenta mutuamente de los cálculos que cada uno habíamos hecho, resultó que a mí me daban 96 metros desde el machote y a él 102. Recuerdo que entonces, al darle yo cuento de mis 96 metros, me dijo magistralmente: "Son poquitos. A mí no me falta nada". En fin, nada resolvimos. Mantuvimos cada uno su postura, y cuando llegaba el destajo a mi machote, pero sin agua, creí que pasaría por debajo del plan de San Antonio, fiado en la medida de Cornejo.
A pesar de todo me hallaba nervioso temiendo una desgracia y tenía resuelto ese mismo día (viernes) rectificar la medida del pozo cielo. Pero por tener que despachar la correspondencia con Europa lo había dejado para más tarde. En ese mismo momento, cuando estaba ocupado en dichas tareas, se presentó un operario jadeante y asustado diciendo que la comunicación estaba hecha y que el agua salía en gran cantidad por el socavón. Eran las 8 de la mañana, hora del relevo del pueble y cabía la posibilidad de que no hubiese nadie trabajando dentro. Inmediatamente monté a caballo, me presenté en el túnel, y pude enterarme que acababan de entrar diecisiete hombres, a los que desde luego consideré perdidos, pues se les había venido encima una gran columna de agua de 112 metros de altura.
En cada piso se había preparado un escape para que al establecerse la comunicación por medio de barrenos de guía, como se acostumbraba a hacer en estos casos, pudieran refugiarse los operarios. Pero esta vez, creyendo que los cálculos estaban mal hechos y que por eso presentaba sequedad el tajo, no actuaron así. Emplearon barrenos de mayor tamaño y según podía deducirse de la cantidad de agua que salía por el túnel, se había desfondado el tiro.
Hasta la noche no pudieron penetrar los primeros y sacar muertos a seis de los que se hallaban sepultados. Pasado algún tiempo, los ánimos estaban por los suelos. Se habían perdidos ya las esperanzas de encontrar a alguien con vida y todos querían abandonar los trabajos hasta el día siguiente. Tuve que imponerme a los paleros por su poca fe, y les dije que de allí no nos moveríamos ninguno hasta que vivos o muertos fuésemos sacando a los once que faltaban.
El martes a las ocho de la mañana corría el rumor de que se habían oído voces en la comunicación. Inmediatamente fui a cerciorarme y penetré en el túnel hasta que encontré al minero Vidal, quien me confirmó que él mismo los había escuchado. ¿Para que esperar? Le pregunté… Rápidamente, sin pérdida de tiempo, dispuse que los carpinteros fueran aserrando las escaleras comunes, haciendo de cada una dos para ganar tiempo, y una vez logrado penetrar, salvamos al peón destajero llamado Quintanilla que con otros compañeros se había refugiado en el escape del segundo piso. Seguimos avanzando, y en el piso inferior nos encontramos a Eduardo con siete más. En total se salvaron diez operarios, muchos de los cuales eran padres de familia numerosa, y a los que se les vendaron los ojos para que no recibieran de golpe la luz de la que habían carecido tanto tiempo. Se los alimentó cuidadosamente dándoles también unas copitas del riquísimo vino de Jerez que tenía yo en mi casa, y así terminaron unas jornadas desgraciadas que pudieron haberse ahorrado si muchos intrigantes no hubieran corrido la voz de que la medida estaba errada. Después, a pesar de esta primera sangría, quedó anegado el piso de San José y fue necesario avanzar las obras hasta el tiro general para dar un segundo desfonde, que se hizo con más precaución y sin pérdidas de vidas.

 

 

 

 

 

 


Don Vicente Irizar Aróstegui (1834-1917)

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Entrada al Socavón de la Purísima a finales de 1.800

© 2007, El Chuzo números anteriores - contactos - créditos