Nº13
publicación mensual
enero 2007
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MITOS Y LEYENDAS

MARÍA LA PLATERA

Por: Rafael Montejano y Aguiñaga

Fue don Juan Pablo de Hurtado el más hábil maestro de orfebrería que conoció el Viejo San Luis. De sus manos, encallecidas y deformadas por buriles, cinceles y martillos, salieron infinidad de platerías a todos rumbos. Sus preciosas labores eran muy solicitadas, y jamás daba alcance la producción que salía de su taller a las demandas que entraban por su puerta. En todo el norte de la Nueva España, de Querétaro para acá, no se dio un maestro que igualara ni la inspiración ni la habilidad del afamado Juan Pablo de Hurtado.
Vino de no sé donde, tomó tierra en San Luis ya que aquí había Caja Real, Marcador y Ensayador y abrió oficina. Como a esta Muy Noble y Leal Ciudad acudían mineros, bien pronto don Juan Pablo, labrando el oro y la plata, labró una numerosa clientela que, al tiempo que le daba fama, le mermaba el reposo. El hábil Maestro de Hurtado no vivía sino para batir los metales preciosos.
Cuando estaba en su mocedad, se avino a no tener ninguna compañía, ni amigos, ni afectos. Le estorbaban. Todos sus amores los tenía puestos en su oficina, que era como su mujer, y en sus platas repujadas, que eran como sus hijos. Nunca nadie vació tanto amor en su trabajo ni tanta complacencia en sus obras. Desde que llegaban a sus manos tejos de oro y plata hasta que los transformaba en ostensorios, en vasos sacros, en vajillas, en marcos, en charolas, en alhajeros, en arquetas, su labor era como un amoroso coloquio en el ambiente caldeado de sus hornos y sus yunques. Acariciaba y retocaba las láminas ora tiesas, ora onduladas, ora en bruto, ora repulidas, con un ensimismado frenesí de amante.
Pero fueron encimándosele los años, y un día comprendió que, si él se iba de este mundo sin dejar más hijos que aquellos que engendró a golpe de martillo, allí mismo acabaría su arte. Y esto no le entraba en el pecho: que su sangre concluyera su fluir aurifabrista con la muerte. Decidió, entonces, buscar mujer que le ayudara a sacar una estirpe de consumadores orfebres como él. Y así, en lo maduro de la vida, llegó a las nupcias.
Pero las confiadas esperanzas viéronse pronto desvanecidas. Corrían los años y, con ellos, el tiempo hábil para tener los hijos. Su mujer y él se arrimaban más y más a la senectud, sin un indicio de retoños. Era como si el matrimonio de don Juan Pablo se hubiera detenido en el invierno. Hizo mil promesas a los Santos, buscaba ganarse la bendición divina poniendo todavía más arte en sus orfebrerías religiosas. Para Nuestra Señora de la Soledad que se venera en los Ranchos, labró un refulgente corazón traspasado con punzante daga, como una réplica del suyo; al Señor del Refugio, de la misma Villa forjó unas soberbias potencias de plata maciza, invocando su poder sin límite; y a Nuestra Señora de Las Charcas una orlada aureola, suplicando su intercesión.
Con tanta porfía, oyéronle los cielos. Un buen día la transida mujer de don Juan Pablo sintió que ya. Encomendáronse muy deveras los dos a Nuestra Señora en su advocación de la Expectación del Parto, Titular de la antigua Iglesia Parroquial y Patrona de la Muy Noble y Leal Ciudad de San Luis, desde que, en 1655, el Muy Ilustre Ayuntamiento la juró como tal. Un inefable alborozo llenó el corazón y el hogar y la oficina del aurifabrista. Los largos meses de la expectación dieron bríos a su genio y el martillo sobre el yunque tomó cantarinas sonoridades de repique.
Y llegó la hora en que la mujer de don Juan Pablo debía salir de su pendiente. No hubo varón. Lo que llegó después de la angustiosa espera y la algarabía de lo que iba a venir, fue una diminuta hembra, grácil y delicada, como filigrana plateresca, con alientos apenas para indicar que traía algo de vida a cuestas. Con la paternidad, entróle al viejo maestro enorme frustración. En aquella criatura y en tal malhadadas condiciones, no sobreviviría su arte.
Con tamaña decepción por dentro, volvió el maestro a su taller. Se apoderó de él como loco frenesí. No quiso saber más de su hija, cual si ella tuviera la culpa, de no haber salido hijo. Dióse con redoblado esfuerzo, fallida la obra paternal, a consumar la obra maestra de platería. Las filigranas de salvillas, píxides, mancerinas, pistoleras, vinajeras, resultaban más sutiles, más frágiles, más delicadas, más que la fragilidad y endeblez de la hija.
Pero el tiempo, buen crisol para calcinar los sentimientos, trocó los ánimos de don Juan Pablo. La niña, en llegando a la edad de andar, empezó a tomar carnes y a crecer robusta. Le fascinaba el chisporroteo de la fragua y la sonoridad del martillo; se aficionó al taller. A la morbidez de la muñeca prefirió la refulgencia de la hoja de oro. Con esto, dicho está, se fue adentrando en los secretos de la orfebrería y en la práctica. Sin saberlo, ni quererlo, a pesar de su calidad femenil, fue supliendo paso a paso el varón que el orfebre ansiaba y jamás llegó.
Don Juan Pablo tomó a su hija por aprendiz, la hizo matricular como tal en el cerrado gremio de plateros y, durante cuatro fatigosos años, la enseñó a "tirar una batidura dorada desde el principio hasta el cavo", a "fundir un riel de oro y otro de plata, que tenga el de plata una onza y el de oro ocho castellanos", a "saber forjar una cinta para hacer de cada una de ellas una soldadura y cortada por su cuenta que ha de tener quatro moldadas de las cuales ha de sacar mil y seiscientos panes, y de ahí para arriba, bien acabados y quadrados, puestos en perfección" y todas las sutiles exigencias de las estrictas leyes, pragmáticas y ordenanzas de la platería.
Concluido el riguroso adiestramiento la llevó a la Casa del Real Ensaye, en la Capital de la Nueva España, para que sufriera el examen de las tres artes de platería, tiradores y batiojas, tal y como estaba mandado, ante los maestros, veedores y diputados de oficio. A la vista de la moza, los susodichos se sintieron constreñidos por grave aprieto. No hallaban qué hacer. El desusado caso de una mujer platera, los ponía de cara a lo imprevisto, como que todas las pragmáticas tocantes al gremio no regulaban una situación así. Decía la ordenanza "en que se da forma con que se ha de recibir y examinar los aprendices":"Otro sí, que los Patrones y Maestros de las tres artes de plateros, tiradores y batiojos, no reciban por aprendiz a quien fuere indio, negro, mestizo o de color quebrado, ni puedan admitirlo a exámenes si no fuere procediendo información ante el Juez Veedor, de ser español, de buenas y loables costumbres, con lo cual y declaración del dicho Juez Veedor, ante quien se hiciere, de ser de estas calidades, podrá admitirlo el patrón, y no de otra manera; acabado el término de la Escritura de Aprendiz, pasará a obtener carta de examen". Muchas minucias preveían las rigurosas ordenanzas, más no el caso de una mujer platera, tiradora y batiojera. Después de largas deliberaciones entre el gremio y de consultar a las autoridades, fue admitida la moza, se le examinó muy escrupulosamente y se le entregó su carta de maestra en las tres artes.
Para entonces, las hábiles manos de Juan Pablo, por tantos años encima y tanto tiempo de traficar con buriles, cinceles y martillos, iban resbalando inexorablemente de la habilidad sin par a la inutilidad. Todavía alcanzó a labrar algunas platerías, entre ellas las varas del palio de la iglesia parroquial, dos ciriales y una cruz alta, más el guión. Fue lo último. Su mano, tullida, alcanzó a poner, pero no con la letra firme y grácil de antaño, sino con caracteres titubeantes de principiante, la respectiva leyenda al pie del Cordero: "SE YSO ESTE GVION. A DE 1773. LO ISO J. P. H. VRTADO".
A poco murió el afamado aurifabrista. Su hija siguió con la oficina. En ella apareció rediviva la consumada maestría del padre. En los muchos años que la mujer estuvo batiendo y labrando el oro y la plata, confeccionó con singular destreza cálices, copones, píxides, relicarios, pistoleras, frontales, ramilletes, arañas, tabaqueras, acetres con sus hisopos, custodias cuajadas de pedrería y toda clase de sortijas, incensarios y cuanto es dable hacer con los metales preciosos. De ella son el cáliz dorado y las vinajeras, con su respectiva charolilla, de muy sutil y exquisita filigrana que aún se conservan en la Iglesia Catedral Potosina; de ella muchas joyas que todavía se ven en los reales de Catorce, Ramos y demás villorios en decadencia; y de ella gran parte de la argentería que lució en las casa del Viejo San Luis.
Como esta artífice, no hubo ni habrá otra. Pasó a la historia, a pesar de su hazañosa obra, con el vulgar apelativo de "María la Platera". Y con este sobrenombre la conoció la gente.

Referencia bibliográfica: Montejano y Aguiñaga, Rafael. "Del viejo San Luis" pp.120 a 124.

 

 

 

 


El clérigo historiador Rafael Montejano y Aguiñaga

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